¡Alta tasa de impunidad e ineficiencia en Q. Roo!
Lic. Luis A. CABAÑAS BASULTO*
Por
no funcionar de manera efectiva, la reinserción social en México, basado en
respeto a los derechos humanos, trabajo y educación, sigue siendo uno de los
mayores fracasos del sistema penal, pues, aunque el artículo 18 de la Constitución dictamina que las
prisiones se deben basar en esos renglones, así como en salud y deporte para
reintegrar a los reclusos, la realidad es que las penitenciaría contradicen por
completo este ideal.
Sin
embargo, Quintana Roo registra una de las tasas de reincidencia delictiva
oficial más bajas del país, con 1.7%, según el Censo Nacional de Sistemas
Penitenciarios y, de acuerdo con estos indicadores oficiales, de 4 mil 400
personas que ingresan a sus penitenciarías, 98.3% carece de previos
antecedentes penales.
No
obstante, investigaciones académicas y criminológicas contrastan fuertemente con
este optimismo estadístico, con una contradicción estructural del desglose de
reincidentes.
Los
responsables del sistema penitenciario de la entidad son el titular de la
Secretaría de Seguridad Ciudadana, Julio César Gómez Torres, y el subsecretario
del Sistema Estatal Penitenciario, Orlando Leyva Lobato, este último como encargado
de ese sistema.
Como
delito más recurrente, datos históricos y de diagnóstico de la Encuesta Nacional
de Población Privada de la Libertad (ENPOL del INEGI), demuestran que, del universo de
reclusos de Quintana Roo, que aceptan antecedentes, 46.5% reincide en robos -principalmente
de vehículos, a transeúntes o negocios-, seguido por portación ilegal de armas
de fuego, con 16.1%.
Que
Quintana Roo aparezca con baja reincidencia no equivale a que las personas
liberadas dejen de delinquir, ya que expertos coinciden en que enfrenta alta
tasa de impunidad e ineficiencia para detener nuevamente a infractores y, en
contraste con sus cárceles supuestamente “exitosas”, aumentan los delitos
cotidianos de alta proximidad, con niveles notables de fraude, asalto en vía pública y extorsión.
Según
análisis jurídicos, como el estudio sobre la Reinserción Social de Dialnet, programas de
resocialización en cárceles estatales son masculinizados y punitivos, lo que
provoca que las mujeres liberadas queden desamparadas; más de 80% de las ex reclusas
carece de empleo estable, lo que las empuja al riesgo inminente de reincidencia
oculta o precariedad extrema.
Pese
a críticas, la infraestructura penitenciaria -como penales de Cancún y Chetumal-
escaló 15 posiciones en el diagnóstico de la Comisión Nacional de Derechos
Humanos.
Así,
Quintana Roo transitó del lugar 31 al 16 a nivel nacional gracias a la
erradicación parcial de autogobiernos delictivos, y actualmente se implementan
talleres de carpintería, pintura y confección de hamacas orientados a dotar de
oficios útiles a los internos antes de cumplir su condena.
A nivel nacional, uno de los principales obstáculos que
impiden la reinserción es el colapso del modelo de reinserción por fallas
estructurales crónicas dentro y fuera de los penales, entre ellos la crisis de
hacinamiento.
En
este sentido, según datos del INEGI, recopilados en el Censo Nacional del Sistema Penitenciario,
el sistema opera de manera generalizada por encima de su capacidad instalada -superando
102.9% de ocupación a nivel nacional-, lo que anula cualquier espacio para
tratamiento digno o personalizado.
Otro
obstáculo son las cárceles como “escuelas” del crimen, donde falta de control
de autoridades provoca autogobierno y corrupción interna extrema y, en lugar de
rehabilitarse, los internos menores o primerizos conviven con criminales de
alto impacto, saliendo más especializados en delinquir.
En
un enfoque punitivo y no restaurativo, el Estado mexicano prioriza castigo,
aislamiento y encierro severo por encima del seguimiento psicológico real y de
la solución de los factores criminógenos de la persona.
Por
su lado, respecto al estigma y abandono post-penitenciario, al cumplir una
condena, las personas liberadas enfrentan antecedentes penales insalvables que
les bloquean acceso a empleo formal, y orilla a reincidir para sobrevivir.
Pese
al fracaso institucional de gobierno, existen entornos específicos donde la
reinserción ha demostrado tasas de éxito notables, uno de ellos las organizaciones
civiles (ONGs), donde fundaciones independientes, como Reintegra
y Reinserta, demuestran que, con programas basados en justicia restaurativa,
salud mental y desarrollo humano, se alcanzan tasas de éxito y no reincidencia
de hasta 96% en jóvenes.
Además,
ciertas entidades ofrecen apoyos que marcan la diferencia. Por ejemplo, la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de México
mantiene programas con capacitación de autoempleo, vinculación laboral y
canalización a microcréditos para personas recién liberadas.
Lo
cierto es que el Gobierno Federal ha intentado reestructurar la estrategia
mediante proyectos de capacitación formativa en Centros Federales de
Reinserción Social, buscando un enfoque con mayor perspectiva de derechos
humanos.
En
cifras, las tasas oficiales de reincidencia delictiva en México oscilan entre
12 y 20% según registros administrativos de ingresos y reingresos de autoridades
judiciales en censos del INEGI, aunque criminólogos y organizaciones civiles
señalan enorme “cifra negra”, y en la práctica estudios locales e
independientes sitúan la tasa real de reincidencia entre 24 y 51%.
El
caso es que la medición exacta es sumamente compleja por la forma en que el
Estado mexicano recopila la información, con un sesgo de los datos
institucionales.
Históricamente,
las cifras del INEGI, basadas en reportes de las Fiscalías, muestran tasas de
reincidencia relativamente bajas -18% en 2015; 12.4% en 2017, y 14.7% en 2018-
lo que, sin embargo, no refleja éxito, sino ineficacia para detener o procesar
nuevamente a los que vuelven a delinquir.
En
baja expectativa percibida, la Encuesta Nacional de Población Privada de la
Libertad, indica que sólo 4.5% de los internos considera probable volver a
delinquir al salir. El abismo entre la intención declarada y la realidad es por
nulas oportunidades económicas externas.
Por
otro lado, las alarmantes condiciones de las cárceles mexicanas explican por
qué la reincidencia sigue latente, sobre todo por su histórica saturación, ya
que el sistema penitenciario tiene más de 261 mil internos en los centros de
reclusión del país.
En
un abuso de la prisión preventiva, cerca de 42% de las personas tras las rejas
no cuenta con sentencia condenatoria, lo que significa que miles de personas siguen
encerradas sin juicio, mezclándose con reincidentes crónicos y destruyendo su
tejido social antes de ser declaradas culpables.
Ahora
bien, los liberados reinciden principalmente por la falta de oportunidades
económicas y un plan de seguimiento institucional al salir de prisión. El
sistema penitenciario corta los lazos sociales del interno, pero no le otorga
herramientas para sobrevivir en libertad, con lo que crean un círculo vicioso
de exclusión.
Entre
los factores críticos que provocan la reincidencia, se incluye el colapso del
proceso de reinserción por causas estructurales, una de ellas la exclusión
laboral y antecedentes penales, principal motor de reincidencia económico, pues
la gran mayoría de las empresas exige carta de antecedentes no penales, y al
verse rechazados sistemáticamente, los exreclusos recurren al comercio informal
o regresan al crimen organizado como única vía de ingresos.
El
Estado mexicano abandona a las personas al momento exacto de cruzar la puerta
de salida, toda vez que no existen albergues públicos de transición, redes de
apoyo psicológico, ni acompañamiento institucional que los ayude a adaptarse
nuevamente a la sociedad.
Por
si fuera poco, el encarcelamiento prolongado destruye vínculos con la familia y
la comunidad. Al quedar libres, muchos internos no tienen hogar a dónde
regresar, carecen de redes de apoyo emocional y se encuentran en desamparo
absoluto.
Además,
en los penales, el consumo de sustancias es un problema crónico que rara vez
recibe tratamiento médico o terapéutico. Los internos son liberados con las
mismas adicciones o trastornos psicológicos agravados por el encierro, lo que
nubla su reintegración.
Finalmente,
el clásico hacinamiento obliga a los delincuentes primerizos o menores a
convivir con miembros de bandas delictivas de alta peligrosidad, por lo que, durante
su estancia, en lugar de rehabilitarse, generan redes de contactos delictivos
que facilitan su regreso a las actividades criminales al salir.
Titulado
como Licenciado en Derecho en la Universidad Autónoma de Yucatán, cuenta con
nueve Diplomados, cuatro de ellos en materia de Juicio de Amparo (2017, 2019,
2021 y 2025) y cinco de Derechos Humanos y Sistema Acusatorio; La Familia y los
Derechos Humanos; y Acceso a la Justicia en Materia de Derechos Humanos, así
como con más de 75 Seminarios, Talleres, Cursos y Conferencias.
Información
completa sobre el currículum vitae, en este link:
https://luisangelqroo.blogspot.com/2025/08/dividido-en-los-capitulos-de-formacion.html

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