¿Cumplió su promesa AMLO con la gasolina?
Lic. Luis A. CABAÑAS BASULTO*
Los
constantes cuestionamientos sobre las fallidas “promesas” de López Obrador, en
el sentido de que el precio de la gasolina sería de 10 pesos litro en su
gobierno, obligan a recordar esa declaración en noviembre de 2016, en un video que
difundió en sus redes sociales, donde afirmó que si su partido, Morena, ya
estuviera gobernando, ese sería el precio máximo.
Sin
embargo, cabe señalar el contexto de esa frase, pues en aquel año, tras la
liberación de los precios de los combustibles y el aumento conocido como “gasolinazo”,
AMLO aseguró que el alto costo se debía a la corrupción y a los impuestos
(IEPS), factores que, una vez eliminados y procesando el petróleo en México, el
precio podría reducirse a esos 10 pesos.
En
efecto, dos años después, evolucionó el discurso y, durante su campaña
presidencial de 2018, en lugar de fijar ese precio, su compromiso formal fue
que no aumentaría en términos reales, es decir, no subiría por encima de la
inflación.
A
lo largo de su sexenio, López Obrador reiteró haber cumplido su promesa de no
dar “gasolinazos”, pese a que el precio nominal por litro supera 20 y 24 pesos
en diversas regiones, dependiendo del tipo de combustible y la zona del país.
Así,
para determinar si fue una declaración congruente, se contrasta su lógica
inicial con los resultados y factores económicos reales, donde los argumentos a
favor, o congruencia teórica, incluyen la eliminación de la corrupción, ya que
el ex mandatario sostenía que el precio estaba “inflado” por la corrupción en
Pemex y el robo de combustible o “huachicol”.
Con
el ataque a estos problemas, el costo de producción debería bajar y, con miras
a una autosuficiencia energética, su plan siempre consistió en dejar de
importar gasolina por ser cara y refinarla más barata en México, premisa bajo
la cual, reducir el precio a 10 pesos era el objetivo final de su modelo
soberano.
No
obstante, los argumentos en contra o incongruencia práctica, fueron las variables
externas, toda vez que, cualquiera con un centímetro de frente, sabe que el
precio de la gasolina no depende sólo de la voluntad política o de la
corrupción, sino del precio internacional del petróleo y del tipo de cambio
(dólar), ya que México importa gran parte del combustible que consume.
Otro
argumento es el factor de los impuestos (IEPS): Para que la gasolina costara 10
pesos, el gobierno tendría que haber eliminado por completo ese impuesto, pero
su administración siempre ha dependido de él para recaudar ingresos y, en
ocasiones, ha tenido que otorgar millonarios subsidios sólo para evitar que el
precio se dispare… no para bajarlo a 10 pesos.
Así
las cosas, hubo un cambio de meta, y una vez en el poder, la “congruencia” se
movió, pues ya no se habló de los 10 pesos, sino de que el precio no subiera
más que la inflación, lo que, técnicamente, es el cumplimiento de su promesa de
campaña de 2018, pero también una contradicción frente a su video de 2016.
En
resumen, la declaración fue congruente con su discurso de oposición -señalar la
corrupción como causa de todo mal-, pero resultó técnicamente inviable ante la
realidad de los mercados internacionales y las necesidades fiscales del país.
Ahora
bien, el impacto de factores externos en el precio de la gasolina es
determinante porque México, pese a ser un país productor de petróleo, es un
importador neto de combustibles, lo que significa que el precio que se paga en
la bomba no depende sólo de decisiones locales, sino de una cadena global.
Los
factores externos impactan principalmente en tres áreas, la primera de ellas el
precio internacional del petróleo crudo, componente que más influye, ya que si
el precio mundial del barril sube -por ejemplo, por conflictos geopolíticos en
Medio Oriente u otras guerras-, el costo de producir o comprar gasolina
refinada se “dispara”, aumenta inmediatamente para México.
Otro
factor es el tipo de cambio -dólar vs. peso-, dado que la gasolina importada se
paga en dólares, cualquier depreciación de la moneda mexicana encarece el
producto. Si el dólar sube, se necesitan más pesos para comprar la misma
cantidad de combustible, lo que presiona el precio al alza.
Finalmente,
incluye costos de logística y refinación global, dado que factores como la
capacidad de las refinerías en el extranjero -principalmente en la costa del
Golfo de EE.UU.- y los costos de transporte marítimo afectan directamente el
precio de importación.
Para
que estos golpes externos no lleguen directamente al bolsillo de los usuarios, el
Gobierno de México utiliza el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios
(IEPS) como “amortiguador”. Cuando el petróleo sube, el gobierno reduce la
cuota del impuesto -da un “estímulo fiscal”-, dejando de recaudar ese gravamen
para mantener el precio al público.
No
obstante, cuando el petróleo baja, el gobierno retira el estímulo y cobra el
IEPS completo -o casi completo-, aprovechando recaudar más sin que el precio
final suba drásticamente para el consumidor.
En
resumen, los factores externos impactan en el costo base, pero el gobierno
decide cuánto absorber de ese impacto y cuánto trasladarlo al precio de la
gasolina que consumimos.
Por
cierto, actualmente, aproximadamente entre 35 y 42% del precio que pagamos por
cada litro de gasolina es para pagar impuestos.
En
la semana que concluye hoy, los componentes de impuestos que integran el precio
por litro son el IEPS, un impuesto variable que el gobierno ajusta semanalmente
mediante “estímulos” para controlar el precio final.
En
el caso de la gasolina Magna o regular, se pagaría unos 4.89 pesos de ese IEPS
por litro, y el gobierno absorbe 1.81 pesos como estímulo, mientras que por la Premium
se pagarán unos 5.15 pesos de IEPS por litro y el gobierno absorbe 0.50 como
estímulo, y en Diésel se pagará sólo 1.44 pesos de IEPS por litro, pues cuenta
con un estímulo muy alto de 80.35%, 5.91 pesos.
Respecto
al Impuesto al Valor Agregado (IVA), se aplica una tasa de 16% sobre el precio
base de la gasolina -antes de otros impuestos-, por lo que, en un litro de 24
pesos, equivale a unos 3.31 pesos adicionales de impuesto.
En
resumen, del impacto en el bolsillo, si se llena un tanque de 40 litros con
Magna a un precio promedio de 24 pesos, el costo total será de 960 pesos, que
incluyen cerca de 328 pesos que se van directamente al gobierno, por lo que se paga
cerca de 632 pesos por la gasolina pura y su logística.
Por
otra parte, el argumento de que el precio de antes era “menos justo”, es un enfoque
que se basa en el poder adquisitivo.
Verá
Usted. En diciembre de 2018, con un salario mínimo de 88.36 pesos se podía
comprar unos 4.6 litros de Magna, mientras que, hasta abril de este año, con el
aumento sustancial al mínimo, esa misma jornada permite comprar más de 10.6
litros.
En
este sentido, durante el sexenio de López Obrador, el precio de la gasolina
subió 21.9%, mientras que la inflación general fue 33.9%, lo que significa, en
términos reales, que la gasolina se “abarató” 12% comparada con el resto de los
productos. En contraste, con Peña Nieto subió 82%, muy por encima de la
inflación de su sexenio.
El
enfoque del argumento de que el precio de ahora es “menos justo” se basa en la
Transparencia y los Mercados Internacionales con la promesa “no cumplida”, ya
que AMLO prometió que costaría 10 pesos si él gobernaba, y hoy el precio
nacional promedio ronda 23.59 pesos, más del doble de lo prometido.
El
gobierno utiliza el IEPS como herramienta de recaudación masiva, ya que este
año cobra hasta 6.70 pesos de impuesto por cada litro de Magna, y la oposición
argumenta que, si el gobierno realmente quisiera un precio “justo” de 10 pesos,
sólo tendría que eliminar ese impuesto, pero prefiere mantenerlo para financiar
otros programas.
Por
último, en una comparativa internacional, México suele tener gasolinas más
caras que Estados Unidos. Por ejemplo, en 2023, la nuestra fue 24% más cara que
en EE.UU., en parte debido a la carga fiscal y la ineficiencia en la refinación
local.
(Permitida la copia, publicación o reproducción
total o parcial de la columna con crédito para el autor)
*Luis Ángel Cabañas Basulto es un periodista
con más de 49 años de experiencia como reportero, jefe de información, editor y
jefe de redacción de varios medios de comunicación, además de haber fungido
como jefe de información de dos ex gobernadores y tres ex presidentes
municipales, y escribir cinco libros, uno de ellos pendiente de publicar.
Titulado
como Licenciado en Derecho en la Universidad Autónoma de Yucatán, cuenta con
nueve Diplomados, cuatro de ellos en materia de Juicio de Amparo (2017, 2019,
2021 y 2025) y cinco de Derechos Humanos y Sistema Acusatorio; La Familia y los
Derechos Humanos; y Acceso a la Justicia en Materia de Derechos Humanos, así
como con más de 75 Seminarios, Talleres, Cursos y Conferencias.
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completa sobre el currículum vitae, en este link:

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