¿Ruptura AMLO-Sheinbaum por el “fracking”?
Lic. Luis A. CABAÑAS BASULTO*
Más
que ruptura política abierta, el anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum en
torno nuevo método de “fracking” para extraer el petróleo -la fracturación
hidráulica-, que tanto cuestionara López Obrador, representa un distanciamiento
pragmático respecto a uno de los compromisos ideológicos más emblemáticos del
ex presidente.
La
postura de éste (2018-2024) fue de mantener un veto verbal estricto, incluyendo
el propio fin del fracking como el compromiso número 75 de sus 100 puntos de
gobierno, al grado que, incluso, intentó elevar su prohibición a rango
constitucional en 2024 para blindar el país contra esta técnica.
Por
su lado, la presidenta reabrió la puerta a esa técnica bajo el concepto de “extracción
sustentable”, con el argumento de soberanía energética, buscando reducir la
dependencia de México del gas importado de EE.UU., que representa 75% del
consumo nacional, en un contexto de inestabilidad geopolítica global.
Sheinbaum
busca legitimar este cambio con la creación de un comité científico multidisciplinario,
con el argumento de que los avances tecnológicos permitirán métodos menos
contaminantes, como el uso de agua no potable y químicos biodegradables.
Sobre
continuidad en el “fondo” o cambio en la “forma”, políticamente, Sheinbaum no
presenta esto como una traición a su antecesor morenista, sino como una
evolución necesaria para fortalecer a Pemex y garantizar la seguridad
energética del país.
Sin
embargo, su aparente distanciamiento con AMLO genera críticas de organizaciones
ambientales que acusan un incumplimiento de las promesas de campaña de la
propia Sheinbaum y del movimiento de la “4T”.
En
resumen, aunque ambos comparten la meta de autosuficiencia energética,
Sheinbaum decidió que el costo político de ignorar el potencial de los
yacimientos no convencionales es mayor que el de ajustar la narrativa heredada
de López Obrador.
Su
primer uso con agua, en 1947, se realizó el primer experimento con agua a presión
en el yacimiento de gas Hugoton, en Kansas, aunque su explotación comercial fue
en 1949, a través de la empresa Halliburton, que obtuvo la primera licencia
comercial y realizó los primeros tratamientos industriales en pozos de Oklahoma
y Texas.
Respecto
al fracking moderno, en 1998, George P. Mitchell logró que la técnica fuera
económicamente viable en formaciones de esquisto (shale) mediante perforación
horizontal y químicos específicos, lo que desató la revolución energética
actual.
No
obstante, a medida que crecieron las preocupaciones ambientales -la contaminación
de acuíferos y sismicidad-, varios países y regiones comenzaron a prohibirlo: Francia
(2011) fue el primer país en prohibir el fracking por ley nacional (Ley 835)
La
siguieron Bulgaria (2012), segundo país europeo en prohibirlo tras intensas
protestas sociales; Reino Unido (2019), cuando el gobierno de Inglaterra impuso
una moratoria tras informes que vinculaban la técnica con sismos
incontrolables.
Posteriormente,
España (2021), a través de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética,
prohibió definitivamente la técnica y cualquier nueva exploración de
hidrocarburos en el país, y le siguió Estados Unidos, aunque principal
productor mundial, estados como Nueva York (2014), Maryland y Washington aprobaron
sus propias prohibiciones.
En
el caso de México, aunque López Obrador se manifestó públicamente en contra
desde 2018, la técnica no ha sido prohibida a través de una legislación federal
definitiva y se sigue utilizando en determinados proyectos de Pemex.
A
todo esto, ¿Qué es el fracking o fracturación hidráulica? Es una técnica para
extraer gas y petróleo “atrapados” en rocas muy profundas y poco permeables -lutitas
o esquistos-, y a diferencia de la extracción convencional, donde el
combustible fluye fácilmente, hay que romper roca para liberarlo.
En
perforación vertical, se hace un pozo que baja verticalmente entre 1.5 y 5
kilómetros. Una vez que llega a la capa de roca que contiene el gas, la
perforación gira 90 grados para avanzar de forma horizontal a través de la
veta.
Posteriormente,
se bombea con fuerza una mezcla de fluidos para generar microfisuras en la roca,
de donde los hidrocarburos se liberan a través de grietas y suben a la
superficie junto con parte del fluido inyectado para su recolección, en una mezcla
que no es sólo agua; cada componente tiene una función vital.
Alrededor
de 90-95% es agua el que transporta todo y genera la presión necesaria para
romper la roca, mientras 4-9% es arena que actúa como “apuntalante” que se mete
en las grietas recién abiertas para evitar que se cierren por el peso de la
tierra.
Por
último, se emplea menos de 1% de aditivos químicos, cientos de sustancias -como
goma guar o biocidas- para reducir la fricción y prevenir la corrosión de tubos
y eliminar bacterias. Es precisamente esta mezcla de químicos y el enorme
volumen de agua -hasta 29 millones de litros por pozo- lo que genera mayor
controversia por el riesgo de contaminar acuíferos.
Por
otro lado, el fracking conlleva diversos riesgos ambientales que han generado
un intenso debate global, sobre el que señalan organizaciones como Greenpeace y
Alianza Mexicana Contra el Fracking, que estos impactos pueden ser
irreversibles.
Entre
los principales riesgos identificados se incluye contaminación del agua, ya que
sustancias químicas y gas metano pueden filtrarse a los acuíferos subterráneos
si los pozos no están bien sellados o por fallas geológicas. Además, el agua de
retorno sale cargada de metales pesados y elementos radiactivos, lo que la hace
extremadamente difícil de tratar.
Otro
riesgo es el consumo masivo de recursos hídricos, ya que cada pozo requiere
entre 9 y 29 millones de litros de agua dulce, lo que genera competencia
directa por el agua en zonas de sequía, afectando el consumo humano y la
agricultura.
Sismicidad
inducida: La inyección de aguas residuales a altas presiones en pozos profundos
puede “lubricar” fallas geológicas, provocando terremotos en áreas donde antes
no eran comunes, y aunque la mayoría son leves, pueden ser más intensos cerca
de fallas activas.
Por
su lado, existe el riesgo de emisiones de gases de efecto invernadero, pues se
producen fugas significativas de metano, un gas con potencial de calentamiento
global mucho mayor que el dióxido de carbono, lo que puede anular los
beneficios climáticos del gas natural frente al carbón.
Además,
las poblaciones cercanas -en un radio de 5 a 8 km- tienen mayor riesgo de
padecer enfermedades respiratorias, asma y cáncer por la liberación de
partículas y toxinas en el aire, además de degradar el entorno, ya que implica
una fuerte ocupación de territorio, contaminación acústica, lumínica y tráfico
intenso de maquinaria pesada que altera ecosistemas locales.
Por
otro lado, los riesgos para la salud humana están directamente vinculados a la
exposición a las sustancias químicas y gases que se liberan durante todo el
proceso de fracturación. Estudios en zonas con alta actividad de fracking han
identificado una serie de problemas.
El
primero de ellos, es respiratorio, ya que la liberación de compuestos orgánicos
volátiles (COV), como benceno y tolueno, junto con el polvo de sílice (arena) y
emisiones de los camiones diésel, aumenta significativamente los casos de asma
y bronquitis, especialmente en niños y adultos mayores, así como irritación
crónica de nariz, garganta y ojos debido a la mala calidad del aire.
También
puede provocar complicaciones en embarazo y desarrollo: Diversas
investigaciones encontraron una correlación entre la cercanía a pozos de
fracking y problemas reproductivos, con bajo peso al nacer y partos prematuros,
mientras estudios en Estados Unidos sugieren aumento en malformaciones
congénitas cardíacas en zonas de alta densidad de pozos.
Respecto
a enfermedades graves y crónicas, como el cáncer, sustancias como benceno y
formaldehído, usados o liberados en el proceso, son carcinógenos conocidos, y la
exposición prolongada -por aire o agua contaminada- aumenta el riesgo de
leucemia y otros tipos de cáncer.
Pero,
además, muchos aditivos químicos son “disruptores hormonales”, lo que significa
que pueden interferir con el sistema reproductivo y el metabolismo, incluso en
dosis muy bajas.
Entre
sus efectos neurológicos y psicológicos, surge la neurotoxicidad, con la
exposición a metales pesados -como plomo o arsénico- que a veces emergen con el
agua de retorno y puede causar daños en el sistema nervioso, en tanto que el
ruido constante de perforaciones, tráfico pesado y preocupación por la
devaluación de la propiedad, generan niveles crónicos de ansiedad y trastornos
del sueño en las comunidades locales.
Si
los químicos llegan a los grifos de los hogares -por fallas en el encamisado
del pozo-, las personas pueden ingerir sustancias tóxicas que causan desde
problemas gastrointestinales inmediatos hasta daños renales y hepáticos a largo
plazo.
Pese
a todo esto, en México, la regulación del fracking ha pasado por un periodo de
ambigüedad política que recién dio un giro significativo, ya que, aunque López
Obrador mantuvo sólo un veto verbal desde 2018, la técnica nunca se prohibió
formalmente por ley, y este abril Claudia Sheinbaum anunció una nueva apertura
hacia su uso.
Actualmente,
el fracking se rige por leyes generales del sector energético, ya que los intentos
de prohibición constitucional en 2024 no prosperaron en el Congreso, por lo que
la Ley de Hidrocarburos regula la exploración y extracción de gas y petróleo en
general.
La
ASEA -Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente- se encarga de vigilar la
seguridad industrial y la protección ambiental en estos proyectos, en tanto la Conagua,
desde 2017 establece reglas para uso de agua en la extracción de hidrocarburos
de lutitas, incluyendo la reserva de aguas residuales.
Ante
este panorama, el gobierno de Claudia Sheinbaum plantea cambio de paradigma
para reducir la dependencia del gas importado -75% del consumo nacional-, para
lo cual encargó al comité científico evaluar tecnologías de bajo impacto
ambiental para extraer gas de forma que se minimicen los daños, con objeto de
triplicar la producción nacional de gas hacia 2035 aprovechando los yacimientos
no convencionales de México.
Asimismo,
se busca que Pemex lidere estos proyectos, posiblemente con inversión privada
bajo esquemas que no cedan concesiones totales, aunque enfrenta desafíos regulatorios,
uno de ellos la protección de acuíferos, donde la normativa debe priorizar que
el agua inyectada no contamine las fuentes de agua potable locales.
Respecto
a gestión de aguas residuales, se requiere una supervisión estricta de las
descargas industriales bajo la norma NOM-001-SEMARNAT-2021, y finalmente, los
lineamientos de la ASEA incluyen protocolos para monitorear integridad de pozos
y prevenir sismos por la inyección de fluidos.
Así
las cosas, la gran interrogante es a quién darle la razón: ¿A López Obrador? o
a Claudia Sheinbaum. ¿Usted qué opina?
Titulado
como Licenciado en Derecho en la Universidad Autónoma de Yucatán, cuenta con
nueve Diplomados, cuatro de ellos en materia de Juicio de Amparo (2017, 2019,
2021 y 2025) y cinco de Derechos Humanos y Sistema Acusatorio; La Familia y los
Derechos Humanos; y Acceso a la Justicia en Materia de Derechos Humanos, así
como con más de 75 Seminarios, Talleres, Cursos y Conferencias.
Información
completa sobre el currículum vitae, en este link:
https://luisangelqroo.blogspot.com/2025/08/dividido-en-los-capitulos-de-formacion.html

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